Assassin's Creed se lanzó en 2007, y pocos esperaban que un pequeño detalle —la bufanda de Altaïr— se convirtiera en el principal causante de los problemas de rendimiento del juego....
Assassin's Creed se lanzó en 2007, y pocos esperaban que un pequeño detalle —la bufanda de Altaïr— se convirtiera en el principal causante de los problemas de rendimiento del juego. Esta prenda, aparentemente inofensiva, podía ralentizar incluso los ordenadores más potentes de la época hasta el punto de hacer que el juego fuera injugable.
El reto residía en la simulación de la tela, de un realismo sin precedentes. La bufanda del protagonista, Altair, se animó como un objeto complejo con docenas de huesos virtuales y miles de vértices, lo que requería cálculos físicos continuos en tiempo real.
Si bien otros elementos del mundo de Assassin's Creed se basaban en métodos más sencillos, la bufanda dinámica exigía mucho a la CPU. Los procesadores Intel Core 2 Duo de doble núcleo y AMD Athlon 64 X2, típicos de 2007, a menudo tenían dificultades, lo que provocaba que la velocidad de fotogramas cayera por debajo de los 20 FPS.
Los desarrolladores de Ubisoft Montreal eran conscientes de esta carga computacional, pero consideraban que la simulación dinámica de la ropa era fundamental para que los jugadores se sumergieran en el personaje de Altaïr. Los jugadores se veían obligados a bajar la configuración gráfica o a soportar caídas en la velocidad de fotogramas incluso con una GeForce 8800 GT.
La ironía reside en que, por un detalle tan insignificante, los jugadores sacrificaron el rendimiento de todo el mundo del juego. Esto se convirtió en un claro ejemplo de cómo la búsqueda de los matices visuales más sutiles puede tener un efecto sistémico colosal, dejando una huella imborrable en la historia del diseño de videojuegos.
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