Los gobernantes de la antigüedad, como el emperador romano Claudio, temían algo más que la comida en mal estado. La verdadera amenaza residía en el veneno. Un catador de alimentos,...
Los gobernantes de la antigüedad, como el emperador romano Claudio, temían algo más que la comida en mal estado. La verdadera amenaza residía en el veneno. Un catador de alimentos, a veces un esclavo, salvaba la vida del monarca a costa de la suya. Reyes como Luis X de Francia, fallecido en 1316, también fueron víctimas de envenenamientos cuidadosamente orquestados.
En el año 54 a. C., Claudio fue presuntamente envenenado por su esposa Agripina con setas. Su catador, el eunuco Galoth, pudo haber estado involucrado. Alrededor del año 30 a. C., la reina Cleopatra experimentó con venenos en sus esclavos, buscando la forma más rápida e indolora de acabar con sus vidas.
Durante el Renacimiento, especialmente en la Italia del siglo XV, los venenos se volvieron más sofisticados. La familia Borgia, entre cuyos miembros se encontraban el papa Alejandro VI y César, era famosa por su uso del arsénico, conocido como cantarella. Un catador de venenos no siempre podía identificar los venenos insípidos y de acción lenta, lo que hacía su trabajo aún más peligroso.
El riesgo no se limitaba a la comida. Se dieron casos de ropa, libros e incluso velas envenenadas. Por ejemplo, en 1723, el filósofo francés Voltaire recibió un libro envenenado, que se negó a leer. Un catador garantizaba no solo la ausencia de veneno, sino también la lealtad de la corte.
Hoy en día, los líderes mundiales, incluido el presidente de Estados Unidos, ven sus comidas minuciosamente inspeccionadas. Tras el asesinato de John F. Kennedy en 1963, el Servicio Secreto reforzó los protocolos de seguridad. La amenaza seguía siendo real; solo cambiaron los métodos de detección, pero el principio de preservar la vida del líder permaneció inalterable.
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